La arenga esperada

Dime que este es el último adiós
para que mi voz proscrita
ya no intente pronunciar
la tragedia de tu nombre.

Dime que el alba extiende
sus puñales de luz
sobre el cuerpo de la noche;
y que su herida remece
la conciencia de los días.

Dime que entre nosotros
la distancia es suficiente
para separar un pensamiento
que nos une
como eslabones templados
en el fuego originario.

Dime que la lluvia es suficiente
para saciar la sed de los queltehues
cuyo vuelo guía la ciega marcha de las nubes,
y que estos versos son el auge de la llama
antes del silencio en la ceniza.

Nostalgias

Las manos del invierno
remecen las últimas hojas.
Pasos apresurados rompen
los leves espejos
de las charcas,
espejos donde el cielo
contempla con tedio
su eterna imagen.

Huyendo de los fantasmas del ocaso,
el viento se obstina en entrar a las casas,
pero las ventanas ignoran su voz
de labios entumecidos.

La guerra de la lluvia con el tejado
llena de estruendos la noche,
y el calor del vino
nos recuerda los primeros besos,
historias de un tiempo perdido
hace ya demasiados inviernos.

Travesía

Luces de antiguos soles
se extinguen en el cielo;
nada nuevo ante los ojos
de las nubes,
cuya sombra cubre
los caminos ya transitados
de la infancia.

Ya no importa tu voz
o la mía, sino el silencio
con que dimos paso
a un mensaje indescifrable
que los árboles promulgan
con su coro de hojas
desterradas al vacío.

Ya no importa que el día
olvide la oscuridad,
que las sombras beban
de los ríos secretos
en que se gestan los sueños;
pues son los pasos que persisten
a través de la misma senda,
los que suelen conducir
al lugar inesperado.

Fortuna

Hay un horizonte de luces crepusculares
en la comisura fina de tus labios,
un límite donde se aventuran
los besos más osados que el estío te robó.
Nunca supimos en qué abismo
la mano turbia de la triste estación
arrojó las hojas muertas del gomero,
ni donde quedaron esos rostros mudos
del puñado de diarios viejos.

Mi memoria es un barco extraviado
en el lento oleaje de los años,
y el tiempo un antiguo cielo
cuyo azul no ha cambiado jamás.
Pero tus ojos son el río que trae
la alegría de la nueva estación,
una luz que brilla en el granero
solitario de mi vida,
la estrella de un sueño de piedra y nieve
en el pueblo de la perdida juventud.

Ya lo sabes

No necesito decirte,
que los astros mueren cada noche
y vienen a nacer de nuevo entre cantos de gallos,
que el cielo es uno solo
aunque tú sueñes con uno para cada estación,
que al final de todos los caminos
comienza el único que no transitaremos juntos.

No necesito decirte,
que siempre hay una ventana abierta
para dar paso a la última luz del atardecer,
que las hojas en el fondo del pozo
son el rostro reflejado del otoño,
que la realidad no es sino el fruto
caído del verdadero árbol de los sueños.

No necesito decirte,
que los años son trenes que se marchan
hacia los lejanos pueblos de la memoria,
que las flores están unidas a los muertos
por el universal lenguaje del silencio,
y que al igual que tú,
sueño con un cielo para cada estación.

Versos concluyentes

Mira los geranios florecer
como palabras en un poema,

mira los rayos de sol invadir
la penumbra de las habitaciones.

Te gusta imaginar viajes
que terminan en ninguna parte,

sorber de a poco el vino
que escancias como un sagrado ritual.

Te gusta contemplar los árboles
que cuentan en silencio las edades de la tierra,

pensar en los bosques de infancia,
en el lecho de hojas secas
donde aún encuentra consuelo el poeta derribado.

La carta que me envías

La carta que me envías
es como la despedida de un tren
con rumbo al país sin retorno,
es como una primavera
sin la melancolía estática de los cerezos,
o la tristeza indestructible
de un epitafio para el amigo muerto.

La carta que me envías
es como la pobre esperanza de la hoja
marchita que vuelve a soñar con la rama,
o el último soplo de luz
sobre el umbral ruinoso de la tarde.

La carta que me envías
es como el puente abandonado a cuya
sombra yacen fantasmas de estaciones,
es como el vuelo de nubes que deben
marcharse para siempre del cielo que amaron,
o el recuerdo pálido del sol
en los fríos ventanales del invierno.

La carta que me envías…

…es simplemente un puñado de palabras
donde pronuncias por última vez mi nombre.